Buena parte de nuestra vida la desarrollamos como “animales sociales”, y una de las cualidades que más útiles resultan a una persona es saber comunicar con claridad sus ideas, opiniones, estados emocionales, dudas, deseos…
Ser, o sentirse, incomprendido no siempre tiene un origen externo, sino una deficiencia propia, a veces no reconocida o no valorada, en esa parcela. Nuestro sistema educativo, es cierto, no fomenta demasiado esas habilidades expresivas. Pero no creo justo responsabilizar únicamente a los educadores. Familia, círculo social y profesional, y actitudes e intereses de uno mismo frente al medio tienen mucho que decir al respecto.
Históricamente, en la cultura occidental, a diferencia de algunas asiáticas, el oyente (o la audiencia) no tiende a hacer un “gran” esfuerzo por entender aquello que se le está intentando comunicar. Si el mensaje no es claro, solemos apuntar a que la culpa reside en el emisor, en quien busca transmitir algo. Por tanto, no es error nuestro el no haber entendido, es suyo por “no saber comunicar“.
Ser capaz de expresarse eficazmente no sólo requiere tener clara la idea o tema a transmitir, además de un buen dominio del lenguaje (escrito, verbal o gestual), sea en modo coloquial, sea elaborado (culto o retórico) o profesional (las jergas propias de cada sector), sino tener en cuenta a quién nos estamos dirigiendo, nuestra relación con ella, el contexto (momento, ambiente, ubicación, situación) en que comunicamos con esa persona, cual es su perfil psico-social, la atención que puede llegar a prestarnos (breve o extensa, dispuesta o reacia), su posible estado emocional, y el nivel de comprensión de significados, matices, metáforas, etc. que creemos que podrá, o querrá, aceptar nuestro oyente o interlocutor.
Aunque complejo, la mayoría las personas planteamos todo ello casi instantáneamente, en especial en conversaciones rápidas, imprevistas, cotidianas o en las que las emociones toman más protagonismo. Y eso, si las habilidades expresivas no son buenas (y a veces aunque lo sean), puede llevarnos a errores, y a que el diálogo se acabe sin haber logrado nuestro objetivo, o que derive en cansinas e inútiles discusiones, que no hacen sino más mal que bien a la comprensión mutua.
Discutir es humano, sin duda, y a veces necesario. Libera tensiones, revela actitudes y tiende a expresar cosas que sólo la excitación del momento facilitaría soltar. Pero, creo que estaremos de acuerdo, no es el modo más eficiente para entendernos.
Y es que, si tan importante es tener claro lo anterior, aún más lo es el mejorar nuestra propia predisposición a escuchar, a respetar, atender y comprender la información, verbal y no verbal (gestos faciales o del cuerpo), que nos devuelve nuestro interlocutor, razonar sobre sus argumentos, reacciones, emociones e ideas, y pensar y asimilarlos antes de responder de nuevo.
Yujiro Koyama, una suerte de Kirai a la inversa, y autor del simpático, sincero y cross-cultural blog Un japonés en Barcelona, escribía hace unos días al respecto de las diferencias de forma y fondo que observaba en algunas de nuestras conversaciones.
Creo que sus reflexiones, algunas de las cuales señalo a continuación, son estupendos puntos de partida para quien realmente desee hacerse entender, y no sólo hablar por hablar, o peor aún, gritar por gritar, algo desgraciadamente común, y socialmente aceptado, pero que muchas veces nos lleva a no comprendernos en absoluto.
Me ha dado la sensación que en español, el que chilla más gana la discusión, no el que tiene más razon, ni el que es mejor convenciendo.
La gente va hablando súper rápido con voz alta a la vez. Yo digo algo pero pasan de lo que digo porque están tan concentrados en hablar rápido y chillar más que los otros que incluso un terremoto pasa sin que se den cuenta ellos.
Es un poco triste que en una discusión, tengas que hacerlo así para que te hagan caso.
Las ganas de hacer que te escuche (chillando) gana las de escuchar al otro, que es la persona que tienes que convencer.
He dicho “ganas de escuchar” pero a veces no las veo en ningún lado. Si quieres discutir así, no hace falta que lo hagas con personas. Mejor con algo inorgánico nen, como una pared.
Te escucha bien y estará totalmente vencida.
Si para quienes hemos elegido como medio de vida esto del marketing, la publicidad o la comunicación es fundamental que los demás nos entiendan (y no siempre lo logramos), creo que como personas sería muy saludable que pudiésemos disfrutar más del placer de conversar, y menos de la insistencia en discutir.
¿Que opináis?