Aprender, y aprender a aprender, conlleva tiempo. Y no poco.
Se calcula que unas 10.000 horas, o 10 años, son necesarios para dominar con maestría una materia.
Aprendemos mejor en la juventud, pero seguimos siendo muy capaces conforme llega la vejez.
Aprender requiere, dotes naturales aparte, esfuerzo, motivación, disponibilidad, convencimiento, necesidad, sacrificio e interés, y unas circunstancias que los favorezcan y fomenten. Y, además, la existencia de oportunidades para ir practicando, probando y contrastando lo asimilado.
Es algo que todos parecemos conocer, pero que, una vez toca aplicarnos la lección, tendemos a obviar, o bien poner como excusa (con o sin fundamento) para no dedicarnos a fondo, o ni siquiera empezar con ello.
El tiempo es limitado. Nuestra capacidad de atención y esfuerzo está bajo constante demanda. Y las ofertas y estímulos son incontables, siempre crecientes.
De ahí el atractivo que despiertan los múltiples productos o servicios que prometen rapidez de logro cómo su principal beneficio:
Rapidez en aprender un idioma, una técnica, una habilidad, un programa, en ser capaz de dominar una herramienta o un instrumento, o en aprender a cambiar la propia personalidad, rápidamente, mediante unas lecciones dadas, sea sobre comunicación, negociación, seducción, expresividad, etc.
Por ello, parece lícito y coherente situar en el mercado algo que sabemos que el consumidor está deseando, esperando, que incluso necesita, y que le será conveniente respecto a su coste y expectativas.
Y digo “parece” porque en numerosas ocasiones esas promesas de rapidez en el aprendizaje son el reclamo dirigido a una mayoría que desea escucharlo, aunque de antemano sabemos que será una minoría (más o menos amplia) la que alcanzará el objetivo planteado mediante el esfuerzo y compromiso consigo mismos, apoyándose en la plataforma que se les ofrezca (por un precio y condiciones acordadas, claro está).
Pero es que, haciendo una observación práctica, el nivel de implicación y aprendizaje que mucha gente está dispuesta a alcanzar no es, ni mucho menos, el de dominio o maestría. El deseo, necesidad o entusiasmo se llega a satisfacer, o a apagar, bastante antes de que el nivel obtenido permita a esa persona destacar y ejercer con verdadera solvencia. Esa será siempre una decisión muy personal.
Aún así, a quienes hayan vivido en propias carnes el esfuerzo y tiempo que conlleva la excelencia o dominio de una disciplina, o hayan indagado sobre el tema, o bien hayan disfrutado de la última y muy ilustrativa obra de Malcolm Gladwell, Outliers, no les será en absoluto ajeno lo expuesto en mis primeras frases.
Pero a quienes les venga de nuevo lo comentado, o pretendan entender mejor el esfuerzo del aprendizaje, recomiendo la lectura de estas buenas historias y ejemplos que Hector García, más conocido como Kirai (persona y blogger admirable y referente donde los haya), ofrecía hace poco al respecto. Creo que os resultarán muy interesantes.

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