Hace poco conversaba con mi mejor amigo sobre el actual y adverso panorama que estamos afrontando profesionales y empresas.
Él es un emprendedor que, mientras sus compañeros de universidad aprendían lo que era una empresa, se aventuró a crear varías (un poco al estilo Tom Cruise en Risky Business, pero sin el glamour y el puterío).
Me contaba que una de ellas, una pequeña editorial con la que se arriesgó a editar en España títulos que normalmente no llegaban, o lo hacían a un precio mayor por importación desde Asia, no lograba funcionar bien. De un tiempo a esta parte cuanto obtenía en sus actividades lo estaba destinando a ir liquidándola de un modo digno.
Sin embargo, su discurso no se enfocaba al lamento o la derrota, algo en lo que suelen regodearse el sistema financiero y los amigos de la culpabilización frente al cambio y la innovación.
Quería a su empresa, y entendía la situación. Sus palabras, llenas de naturalidad, recogían las numerosas lecciones aprendidas que le ayudaban a mejorar la orientación de su trayectoria.
Con el tiempo, viajes, talento, honestidad, pasión, aciertos, errores, amistades, capital e iniciativas invertidas en el proyecto, había logrado obtener respeto, reputación, conocimiento, confianza, contactos y atención dentro de su sector. Y, gracias a ello, está asentándose en otro modelo de negocio, orientado a la promoción y crecimiento entre los consumidores de ese mismo mercado, que tan bien ha llegado a conocer.
No vivimos en una cultura primordialmente meritocrática como pueden ser la estadounidense o algunas asiáticas, y por ello no siempre tenemos presente que el riesgo, no en su forma temeraria o de arrogante codicia (que bien nos condujeron a la burbuja inmobiliaria o a esta crisis), sino en su vertiente de atrevimiento, desafío, creatividad e innovación, es un elementos de un enorme potencial para individuos y empresas.
Y aún así, en organizaciones y equipos, lo bloqueamos, recelamos o descartamos por su falta de seguridad, ya que no siempre es fácil de controlar o medir, o porque va contra la tradición, o nunca antes se ha probado, o porque “así se ha hecho siempre, y no vamos a cambiarlo“.
En ocasiones, afortunadamente, esos valedores del riesgo y el cambio logran emprender y crear sus empresas y proyectos.
Pero a nadie le pasa por alto que, antes o después, cuando uno arriesga, podrá fracasar. Es algo que tememos, que tememos terriblemente, pues solemos entender, y aceptar, que el fracaso comporta pérdida de confianza (bancaria, social, laboral…), pérdida de presencia o liderazgo, y pérdida de inversiones, valor o activos.
La falta de éxitos rápidos y de apoyos en esas aventuras pueden condenarnos a un destierro, real o simbólico, del mundo social, laboral o empresarial, dados el sistema y cultura aún predominantes.
Pero para quienes tienen ese espíritu de iniciativa, el éxito nunca enseña tanto como el fracaso. Los triunfos sólidos suelen provenir de una trayectoria agridulce.
Las lecciones, los contactos y los insights que se adquieren mientras se llega a ese fracaso hacen mucho más eficiente, resistente y experto al profesional, al emprendedor, a la empresa que los obtiene, y con ello puede encauzar mejor sus futuras acciones, innovaciones y atrevimientos, adelantándose a la competencia conservadora y menos dinámica.
Entre todos debemos considerar qué modelo de país, empresas y profesionales queremos:
- O apoyamos, retribuimos o financiamos, y fomentamos que crezcan y se desarrollen más emprendedores y profesionales que, como mi amigo, día tras día invertirán su capital, tiempo, ideas, ingenio y esfuerzo en mejorar el actual panorama, personas que generarán beneficios, oportunidades, innovación y trabajo, y que crearán un país que cuente con más marcas, más solidez y más presencia internacionales.
- O seguimos albergando, regulando, trabajando y educando en un legado cultural del recelo, del poder impositivo y jerarquizado, del inmovilismo al servicio de lo establecido, donde el fracaso que guía hacia al éxito, el riesgo eficaz y la creatividad innovadora aún son los enemigos a batir, las voces a callar, los elementos a relegar.
Esta crisis presenta un escenario imperativo para decidir sobre nuestro inmediato futuro.
Si actuamos en consecuencia y aprendemos del fracaso, los siguientes éxitos pueden ser nuestros.